He perdido

Perdido, estaba perdido. Lo había perdido todo. Aunque tampoco sabía el qué porque nunca llegué a conocerlo. Mi vida de había escapado en la distancia. Abducido por una necesidad de éxito y reconocimiento fui anteponiendo todo lo superfluo a lo que en realidad importa. Así, día a día, con cada “ahora voy“, con cada “en un segundo” o todos aquellos “hoy no puedo”, “salgo tarde”, con todo esto me llenaba de ego, de sensación de “responsabilidad”, de algo “bien hecho”, de “mártir” porque sabía que algo no estaba bien en eso pero pensaba que merecía la pena.
Ellos se fueron, pero ¿Cuándo? no lo se. Yo seguía embutido en aquella maldita fábrica de desilusiones en la que me metía todos los días. Desbordado por miles de fuegos y problemas. Azotado por un látigo que quería más, y aún más. Quería todo de nosotros, no dejaba hueco para algo de vida. ¿Vida, para qué? ¿Que aporta? ¡Trabaja! ¡Trabaja más! ¡Tenéis que hacer más! ¡Con esto no vale! Pero sin vida las cosas no funcionan, están muertas.
Es el siglo XXI pero nuestra “fabrica” recuerda día a día a aquellas inglesas de la era de la industrialización. Negra y mugrienta por los defectos. Matando día a día a sus “obreros”. Apretándoles más y más: qué puede pasar, que palmen ¿Y qué?
Y así, aplastado por un da a día horrible y deshumanizador, por unos gastos en constante crecimiento, me olvidé de vivir la vida, de hacer mi familia. Ellos se fueron o nunca estuvieron, no lo sé. Creo qu sí pero todo es confuso… Tengo que ir a trabajar, llego tarde, es importante.
Todo es como siempre allí, ese olor rancio y pringoso. Esas miradas huidizas e unos y otros. Ese murmullo de qué pasará hoy y el peor ¿Qué va a pasar en enero?
Las máquinas chirrían. Sus engranajes llevan años sin engrasarse y hacen un ruido espantoso para apenas producir ningún resultado. Pero parece que nadie lo ve. Todos miran como sale esa ridícula pieza, después de eones ¡una pieza! ¿Para qué servirá parecen preguntarse? Pero apenas tienen tiempo, el látigo del jefe les calienta el culo ¡Vamos, usarla! ¿Para qué. resuena en sus cabezas? Pero la cogen y se ponen todos en movimiento. Parece que hacen algo, incluso parece que hace mucho. Parece.
Yo me vuelvo a encerrar. Allí “sólo” me aplico en mi máquina infernal de los mil conductos por los que me llegan todas esas quejas y las remito por el conducto correspondiente, no sin antes adelantar mil explicaciones y disculpas. Acciono las pesadas teclas y configuro el ingenio mecánico para que genere la respuesta deseada. Pero todo se apoya en esas máquinas que chirrían y chirrían. Ese chirrido ya está dentro de mi cerebro. Ya no sale. Ya no se si está sólo en mi cabeza. Pero lo oigo retumbar y hacer vibrar toda la instalación solo para dar ese resultado: tres. Ya lo tengo, tres. ¡Eso es! Lo envío por el conducto correspondiente y rezo por que ese conducto me deje en paz unos días.
Y así, día tras día. Tanto se activan los conductos que me tengo que llevar muchos a casa, para revisarlos y poder colocarlos adecuadamente al día siguiente. Creo que mi familia me miraba. Al principio asentían y se admiraban de lo concienzudo de mi trabajo. Luego debieron advertir lo que yo no quería aceptar: no servía para nada. Los conductos acababan volviendo a casa al día siguiente, otra vez. O incluso más conductos.
O advirtieron que en realidad me era más cómodo “tener” que llevármelos que tener que enfrentarme a sus necesidades y atenciones obligadas. Que me escondía en un trabajo desbordante por miedo a no saber qué hacer con ellos.
Algo debió ser.
Ahora los ruidos graves de los conductos que reviso en casa resuenan por las habitaciones vacías. En mi cabeza sigo oyendo el chirrido continuo de las maquinas de la oficina. Y mi cara empieza a reflejar esa expresión:
¿Para qué sirve todo esto….?

Escribe un comentario